Desperté aquel día, el cuarto aún no estaba muy claro, pero enseguida te miré, estabas allí recostado sobre la alfombra, aunque que había despertado no me miraste.
Tu piel ya no era la misma; estaba oscura, tu faz, no mostraba los vivísimos ojos con los que me mirabas cuando ibas a hacerme alguna travesura...Días anteriores a este, me mordías y rasguñabas dura pero cariñosamente mis manos y mi pelo para que me despertara. Parecías decir:
- Vamos! Arriba! Queda todo el día para que juegues conmigo; tengo hambre, tengo sed! Llévame a a tomar el sol.
Dos meses con 14 días cumplías ese día; eras pequeño y felpudo, tibio, blando. Jugabas al cazador en todas partes: Hasta que llegaste a creer que, en su eterno movimiento, los ojos de mi madre eran dos metras oscuras que te provocaban al juego para tocarlas.
Yo, te besaba, pero tu no entendías por qué; llorabas porque te apretaba duro contra mi y luchabas por zafarte de mis manos para escapar y luego volver.
A un solo movimiento de mis dedos, tus ojos se abrían mucho y tus pupilas se dilataban, abriendo el cielo o tragándose casi completamente el azul que reflejaba tu instinto cazador. Si. Porque según tú, eras un gran cazador; quizá un tigre de Bengala. Si. Tal vez tú, como los niños, soñabas que eras un fiero gato salvaje que inspiraba terror y cuya mirada esparcía horror y respeto.
Así eras tú. Tus brincos y tus maromitas eran mis delicias y mientras estabas junto a mi, me sentía acompañada y protegida. Si, parece mentira ¿verdad?
Cuando jugabas con el pelo de mi madre, cuando brinconeabas sobre la alfombra y mordisqueabas mis medias, me divertías enormemente. Alegrabas la casa y todos hablaban de ti y tus diabluras.
Pero ahora que me faltas...
Al siguiente día me desperté a las cinco de la mañana. Te miré y atendí las instrucciones del veterinario: 1/2 cucharadita de esto, 1/2 cucharadita de lo otro, te acosté de nuevo y me dormí profundamente.
Luego, me desperté como asustada por un rayo y te busqué en la canasta, no estabas allí. Enseguida miré a un lado de la cama y... No puede ser. Pero lo era.
Yacías allí inmóvil con los ojos abiertos, con las patitas, aquellas patitas tibias y acojinadas, ahora estaban estiradas, heladas. Tu cuerpo, inerte ya sin vida, sin el menor rastro de vida.
Yrama Arias
